mayo 08, 2015

El infierno que Dante no conoce






Cómo es que el ser humano y su esperanza se diluyen con el sutil aliento de una frase; “tenemos que hablar, te quiero como amigo, esto no está funcionando.” 

El hombre o la mujer, como los animales más heridos de la creación, olvidan lo fuerte de las palabras, pierden la empatía y surten de golpes al implicado cuerpo del delito, para que caiga a la lona y se aleje lo más pronto de ellos.

Pero esto no siempre funciona para bien, pues es una cadena que estamos programados a recrear. Sin en cambio, alguien decidió ir en contra de ello, alguien que trató con amor y delicadeza hasta el último momento a la persona que un día amo, esa persona le hizo entender desde sus ojos cómo se veía el futuro, uno en el cuál desearía estuvieran juntos, pero no se miraba posible.

Así pues ambos decidieron aclimatar la situación, con los mejores deseos uno para el otro, siguieron en contacto y se alegraban de que alguien más hiciera feliz a la persona que les había enseñado tanto que el amor no duele si se sabe pensar y sentir al mismo tiempo.

Ésta no es una historia de ficción, hijo, esto pasó años antes de conocer a un par de mujeres; que me hicieron volver a odiar con toda mi alma a esos angelicales seres de largas alas y pies pequeños. 

Hasta que conocí a tu madre, con ella siempre estuve seguro que no me dañaría, sus ojos me miraban y el infierno se volvía tibio, cómodo, incluso ahí podría vivir con ella. Nuestro vuelo fue alto y firme porqué íbamos de la mano. 

En ese momento tuve una duda, no sabía si me encontraba en el amanecer o en el alba, no sabía si había comenzado a oscurecer o se acercaba el medio día. No alcanzaba a comprender si estaba aprendiendo a vivir o en realidad moría.