diciembre 21, 2015

Del otro lado de la cruz (Parte 1)



Es difícil tratar de describirte el infierno.

¿Cómo puedo meter el dolor, el miedo y la desesperación dentro de unas vanas palabras o unas torpes líneas de texto?

No creo poder hacerlo, en la tierra viví como humano 42 años, en mi antiguo hogar he vivido más de 800. Fui una de las víctimas de las Cruzadas, comencé como un soldado al servicio de Dios.    
Hicimos cantidad de barbaridades para recuperar el dominio cristiano sobre la “Tierra Santa”. No debería decirlo, pero nuestros pecados fueron perdonados antes de haberlos cometido, no fue Dios quien lo autorizó, lo sé ahora. He visto su furia y la comprendo.

Pero fue su representante en la tierra quien bendijo nuestras espadas y nuestros escudos.
Nosotros, obedientes agachamos la cabeza para recibir la sabiduría del espíritu santo, destinados a afrontar valientes la batalla con la fuerza del arcángel Miguel y la protección del arcángel Gabriel; íbamos como ejecutores de la maldad con el cuidado del arcángel Rafael. Cómo el obispo dijo “Las heridas las recibirán en nombre de Dios, aún en la vejez fructificarán sus tierras, verdes serán y disfrutarán una comida a lado del altísimo si llegan a perecer en su nombre”.

Aquí no hay altísimo. Luego de que se nos diera la orden de ejecutar a los musulmanes, un niño de al parecer 12 años, delgado y de piel morena, de nombre Jalid: decidió que yo debía perecer antes de tiempo. Tratando de salvar a su padre, el niño se me arrojó a la espalda escabulléndose de mis compañeros, y con una punta de madera que arrancó de uno de los carromatos de provisiones, me apuñaló en el cuello atravesando mi arteria carótida.

Aún recuerdo la muerte, ese momento de confusión donde veía a los soldados de Dios atravesar el cuerpo de Jalid con sus espadas. El borboteo cálido de mi sangre inundando la ropa, la cruz roja que se cernía en mi pecho siendo borrada por un mar de líquido vital. Requería volver a la tierra y cumplir su ciclo, sutil terminando el mío.

De pronto el dolor me abandonó, la oscuridad devoró mis sentidos por completo y me sentí en calma, me sentí lleno de paz sólo una fracción de segundo.

Abrí de nuevo los ojos, mejor dicho unas cuencas vacías que ahora ocupaban su antiguo lugar. Un destello tenue de luz me daba un poco de vista. Y me encontré un ser casi incorpóreo con el alma a plena vista, mi antiguo cuerpo no me obedecía, ya no estaba a mi lado. ¿Era tan fea mi esencia? Un animal parecido a un perro hambriento, de esos que inundan las calles y la gente patea al cruzar en su paso. Con una enfermedad motriz a cuestas, al intentar moverme no encontraba el cómo, o el para qué. Al querer pensar en mi presente no encontraba el porqué de lo que me sucedió. Me abarroté en la miseria y no quise salir de ella. Pero al pasar los minutos de forma acelerada, manipulados por la oscuridad; comenzaron a aparecer miles de figurillas parecidas a mí, todas habitábamos aquella caverna a medio iluminar por un cuarto creciente lunar.


Había quiméricas figuras levantándose por doquier, algunos chillaban de dolor, otros de miedo o desesperación. Tal parece que a mí me tocó ser el primero en una de las cámaras de tortura del infierno. Primero te hace parecer toda serenidad, y en el momento en que el piso se encuentra rebosante de cuerpos, comienza el juego diario.
Una voz desconocida inunda el ambiente, algunos comienzan a temer y corren despavoridos a ningún lugar, a otros les hierve el apetito de la carne, unos más se sienten prisioneros de la lujuria, inundados de una sed insaciable. Poseídos por el miedo, la intranquilidad; se ahogan sin agua, se queman sin fuego. El demonio a cargo de nuestra celda era Abaddon, señor del abismo sin fondo y la desesperación. Claro que el nombre le queda como guante, yo lo sufrí.



Con un chasquido de dedos comienza la orgía de emociones primarias de la maldad. Durante un giro de la tierra sobre su eje todos estábamos a su merced, y al final del día los pedazos desmembrados de cada uno de nosotros se volvían cenizas. Despertábamos uno a uno, no siempre fue en el mismo orden, pero siempre se repetía la torturante rutina. Escuchábamos su risa sin poder verlo, era una carcajada que erizaba la piel y hacía que los sentidos quisieran suicidarse.


Lo peor de todo siempre fue recordar, se nos dio esa desventura de no olvidar ningún momento de nuestra estadía. Algunos enfrentamos fieros los días, nos invadían las preguntas filosofales sobre la religión. ¿Por qué un Dios que es amor, nos permitiría existir una vida eterna de esta manera? Y más que temores, desesperación o dolor, comenzamos a sentir odio, en un corazón inexistente, en un cuerpo desconocido.